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ESTE BLOG ES MI MODESTO HOMENAJE A ESA MARAVILLA LLAMADA HUELVA

SAN SEBASTIÁN

Sepulcro de San Sebastián Martir

Después de la persecución de Valeriano, el emperador Galieno, su Sucesor, dirigió un rescripto a los obispos por el que les permitía reanudar el culto cristiano y ocupar las iglesias que unos años antes les habían sido confiscadas. Los emperadores siguientes respetaron aquel rescripto y el cristianismo gozó de un largo período de paz. Si se dieron casos de persecución en provincias, fue debido más al celo intempestivo de algún prefecto que a la voluntad expresa del emperador.
Primera sepultura. Catacumba de San Sebastián
Durante los años que transcurrieron del 260 hasta rayar el siglo IV, la Iglesia completó la organización por todo el Imperio y afianzó su prestigio. Había muchos cristianos en todas partes: llegando a ser mayoría en algunas ciudades de Asia Menor. Los había entre los funcionarios públicos, entre los cargos palatinos y en la milicia. Fue preciso edificar nuevos espaciosos templos, pues los locales construidos en el decurso del siglo III no bastaban para atender a la multitud de fieles. Quedaba muy lejos el tiempo en que los cristianos eran mal vistos y acusados de los peores crímenes.
Los cristianos podían pensar que había llegado el momento de su triunfo sin nuevas pruebas. Mas, contra todas las previsiones, se presentó una nueva persecución; la más cruel y duradera de todas. El historiador Eusebio nos explica por qué la Providencia permitió una prueba tan dura. Eusebio vivió aquellos hechos y sus palabras nos dan la clave de otras persecuciones habidas en la larga historia de la Iglesia: "Como comenzásemos a abandonarnos en la negligencia y desidia, confiesa humildemente, debido al mal uso de tantos años de libertad, y unos a tener envidia y criticar a otros; como nos hiciéramos nosotros mismos mutua guerra, hiriéndonos de palabra a modo de armas y lanzas; como los prelados luchasen contra prelados y pueblos contra pueblos, levantando revueltas y tumultos, y, como imperase el fraude y el engaño hasta el ápice de la malicia, entonces la divina Justicia empezó a amonestarnos primero con brazo suave, como acostumbra, casi sin sentir, y moderadamente, sin tocar aún al cuerpo general de la Iglesia y pudiéndose reunir todavía las multitudes de fieles libremente; la persecución estalló en sus comienzos por los que ejercían la milicia".
Sucedía eso a fines del siglo III. El Imperio era gobernado por Diocleciano, hombre inteligente pero escéptico, en Oriente. Italia y todo el Occidente estaba en manos del emperador Maximino, vanidoso e inculto. Fue éste el primero que emprendió la depuración de elementos cristianos en sus tropas. A los oficiales se les degradaba de momento; los veteranos eran echados ignominiosamente del Ejército. Han llegado hasta nosotros los nombres de varios mártires pertenecientes a la milicia: Maximiano en Tebaste, Víctor en Marsella, Marcelo en Tánger, el veterano Julio en Mesia, Emeterio y Celedonio en Calahorra. Pero el más ilustre de todos fue, sin duda alguna, San Sebastián, en Roma.
San Sebastián, Patrón de Huelva capital a quien se dio el renombre de defensor de la Iglesia por las maravillas que obró en defensa de la fe, nació en Milán, de padre narbonés y de madre milanesa, aunque establecidos en Narbona, ciudad de Langüedoc (Francia), fue criado con sumo celo en la religión cristiana y en la piedad. Su dulzura, prudencia,apacible genio, generosidad y otras cien bellas prendas que le adornaban, como dice San Ambrosio, le dieron presto a conocer la corte de los emperadores. Hízose mucho lugar en ella, y en poco tiempo fue uno de los favorecidos del emperador Diocleciano, que le nombró por capitán de la primera compañía de su guardia pretoriana.
Aunque Sebastián se abrasaba en un encendido deseo del martirio, le pareció que debía de moderar su ardor conservándole como escondido debajo del traje de soldado; porque, al mismo tiempo que su empleo le hacía ser tan distinguido en la corte, le ofrecía también muchas ocasiones de hacer grandes servicios a la Iglesia, socorriendo y alentando a los cristianos que eran perseguidos. En esto empleaba su autoridad y sus bienes, sin escatimar trabajos ni fatigas.
Animaba con sus exhortaciones y socorría con sus limosnas a los gloriosos confesores de Cristo, de los cuales estaban llenas las cárceles y calabozos. Mantuvo a muchos que titubeaban en los tormentos, y fortaleció a no pocos que desmayaban a vista de los suplicios. Era el apóstol de los confesores y de los mártires; y si parecía que en cierta manera desperdiciaba las vidas de los innumerables que envió al Cielo delante de sí, seguramente no fue por perdonar a la suya. Tan lejos estaba de pretender reservarla, que cada día la exponía.
Catacumba de San Sebastián
La muerte de cada mártir de los que Sebastián alentaba, acompañándolos hasta el cadalso, era un nuevo sacrificio que hacía de su propia vida. Cada instante la renunciaba, por que los demás no renunciasen a la fe de Jesucristo.
Fueron presos por la fe dos hermanos y caballeros romanos, llamados Marco y Marceliano. Después de haber vencido gloriosamente la tortura, iban a ser degollados, cuando su padre Tranquilino y su madre Marcia, ambos gentiles, acompañados de las mujeres y de los hijos de los dos confesores de Cristo, se echaron a los pies del juez Cromacio y con sus ruegos y lágrimas
obtuvieron de él que difiriese la ejecución de la sentencia por espacio de treinta días.
En este intermedio no perdonaron a súplicas, a caricias, a halagos, a gemidos, en fin, a todos los medios que pueden inspirar el amor y la ternura para mover a un corazón blando y generoso; haciendo tanta impresión en los de Marco y Marceliano, que, casi vencidos con la fuerza de tan continua y tan terrible batería, comenzaban a mostrarse sensibles a las lágrimas. Lo advirtió San Sebastián, que los visitaba con frecuencia, y llegó tan a tiempo su socorro, bendiciendo Dios el gran talento de persuadir de que le había dotado, que no sólo sostuvo los ánimos que ya comenzaban a flaquear, sino que en aquellos pocos días convirtió a la fe de Jesucristo a Nicóstrato, oficial de Cromacio; a Claudio, alcaide de la cárcel; a sesenta y cuatro presos, y, lo que es más admirable, al padre, a la madre, a los hijos y a las mujeres de Marceliano y de Marco. En verdad, tan asombrosas conversiones no se podían hacer sin  muchos y grandes milagros. Cuando San Sebastián estaba animando a los dos santos confesores en casa de Nicóstrato, donde los habían depositado con fianzas, se dejó ver en la sala una brillante luz, que llenó a los presentes de admiración y alegría. En medio de ella se apareció el Señor, acompañado de siete Ángeles, y acercándose a Sebastián le dio ósculo de paz, prometiéndole que siempre estaría con él. Así refiere San Ambrosio esta maravilla.
Basílica de San Sebastián en Roma
Zoé, mujer de Nicóstrato, oficial de Cromacio, que estaba muda desde hacía mucho tiempo, entró en la prisión y, arrojándose a los pies de San Sebastián, le pidió por señas que la curase. El santo capitán elevó su corazón a Dios, y haciendo la señal de la cruz en su lengua, recobró esta el uso de la palabra, y sus primeras aseveraciones fueron una ferviente confesión de fe cristiana. Todos aquellos neófitos que padecían alguna enfermedad o indisposición corporal, recibieron la salud del cuerpo al mismo tiempo que por el bautismo recibían la del alma.
Pero el mayor de todos los prodigios fue la conversión de Cromacio, vicario del prefecto. Mandó llamar a Tranquilino para saber si sus hijos se habían dejado persuadir de sus lágrimas; pero quedó admirado cuando supo que el mismo Tranquilino se había hecho cristiano. Mis hijos, respondió Tranquilino, son dichosos, y yo también lo soy desde que Dios me abrió los ojos del alma para conocer la verdad y la santidad de la religión cristiana, fuera de la cual no hay salvación. ¿Conque tú también, al cabo de tus años, le interrumpió Cromacio, te has vuelto loco?. No, señor, le respondió el santo anciano; antes bien, nunca tuve entendimiento ni juicio hasta que logré la dicha de ser cristiano. Porque no hay mayor locura que preferir, como yo lo había hecho hasta aquí, y como tú lo estás haciendo el día de hoy, el error a la verdad y la muerte eterna a una vida de pocas horas.
¿Y te atreverás, le preguntó Cromacio, a probarme concluyentemente la verdad de la religión cristiana?. ¡Y cómo que me atreveré, respondió el nuevo apóstol, con tal que quieras prestar oídos dóciles y humildes a lo que Sebastián y yo te dijéremos!. No duró mucho la conversación, porque con pocas palabras quedó Cromacio convencido y convertido. Siguióse a la conversión de Cromacio la de toda su familia, y cuatrocientos esclavos recibieron el bautismo y fueron puestos en libertad.
Pero, enfureciéndose cada día más en Roma la persecución, se tuvo por conveniente que Cromacio, después de haber renunciado al empleo que tenía, se retirase a una casa de campo, que servía de asilo a los fieles perseguidos. Todos los cristianos persuadían a San Sebastián para que también se retirase a ella. Pero este héroe de la fe les pidió con tal instancias que le permitiesen quedarse en Roma para animar y socorrer a los muchos fieles que estaban en las cárceles, y supo proponer al Santo Papa Cayo tales razones, que éste le dijo: Quédate en buen hora, hijo mío, en el campo de batalla, y en traje de oficial del emperador sé glorioso defensor de la Iglesia de Jesucristo.
Presto se conoció cuan necesaria era su presencia para socorro y aliento de los santos mártires. La primera que recibió la corona del martirio fue Zoé: siguióla poco después Tranquilino, Nicóstrato, su hermano Castor; Claudio, el alcaide de la cárcel; Sinforiano su hijo, y su hermano Victorino, después de haber sufrido muchos tormentos, fueron conducidos a Ostia y precipitados en el mar. Tiburcio, hijo de Cromacio, fue degollado; Cástulo, oficial del emperador y celosísimo cristiano, fue enterrado vivo. Marco y Marceliano, amarrados a un tronco, fueron cubiertos de saetas.
Después que estas gloriosas victimas, preciosos frutos del celo de San Sebastián, fueron inmoladas a Dios vivo, parecía tiempo para que el héroe de Jesucristo consumase al fin su sacrificio. Torcuato, infeliz apóstata de la religión, fue el que dio parte a Fabián, sucesor de Cromacio, de que era Sebastián el que convertía a los gentiles, y el que mantenía en la fe a los cristianos. No se atrevía Fabián a mandarle arrestar, por el elevado empleo que ocupaba en palacio, hasta dar parte al emperador, informándole de la religión y del celo ardiente del primer capitán de sus guardias.
Asombrado Diocleciano de lo que oía, mandó llamar a Sebastián, y con las expresiones más sentidas le recriminó su ingratitud, sobre todo por haber intentado irritar la cólera de los dioses, contra el emperador y contra el imperio, introduciendo hasta en su mismo palacio una religión (como él decía) tan perniciosa al Estado.
Respondió Sebastián con el mayor respeto, que, a su modo de entender, no podía hacer servicio más importante al emperador y al imperio que adorar a un solo Dios verdadero; y que estaba tan distante de faltar a su deber por el culto que rendía a Jesucristo, que antes bien nada podía ser tan ventajoso al príncipe y al Estado como tener vasallos fieles que, menospreciando a los falsos dioses, hiciesen oración incesantemente al Soberano Señor y Creador del Universo por la salud del emperador y del imperio.
Irritado el emperador con esta generosa respuesta, mandó al instante, sin esperar otra forma de proceso, que Sebastián fuese llevado al centro de un campo y amarrado a un tronco, y fuese asaeteado por los mismos soldados de la guardia de arqueros númidas. Ejecutóse al punto sin remisión esta cruel sentencia, y fue cubierto el glorioso confesor de Cristo de una espesa lluvia de saetas, dejándole sus verdugos por muerto. La noche siguiente fue a buscar el santo cuerpo para darle sepultura una devota mujer, llamada Irene, viuda del santo mártir Cástulo, y quedó gozosamente admirada y sorprendida al hallarle vivo todavía. Hízole llevar secretamente a su casa, donde en poco tiempo sanó de todas sus heridas. Instábanle los fieles para que se retirase; pero Sebastián, lejos de rendirse a sus solicitudes, fue á buscar a Diocleciano, y esperándole en una escalera, que llamaban el mirador de Heliogábalo, le dijo con valor y respeto: ¿Cómo es posible, señor, que de nuevo os habéis de dejar engañar de los artificios y de las calumnias que continuamente se están inventando contra los pobres cristianos? Tan lejos están, gran príncipe, de ser enemigos del Estado, que no tenéis otros vasallos más fieles, y que únicamente a sus oraciones sois deudor de todas vuestras prosperidades.
Atónito el emperador al ver y oír hablar a un hombre que ya tenía por muerto, contestó: ¿Eres tú, el mismo Sebastián a quien yo mandé quitar la vida condenándole a que fuese asaeteado?. Si, señor, respondió el Santo, el mismo Sebastián soy, y mi Señor Jesucristo me conservó la misma vida para que en presencia de todo este pueblo, viniese ahora a dar público testimonio de la impiedad y de la injusticia que cometéis persiguiendo con tanto furor a los cristianos.
Exasperado Diocleciano, mandó que le llevasen al circo o hipódromo de su palacio, y que allí fuese públicamente apaleado hasta que expirase. Así se ejecutó y con este cruel suplicio pasó su alma a recibir en el Cielo la corona del martirio el día 20 de Enero del año 288.
Queriendo el emperador impedir que se diese sepultura al cuerpo del Santo Mártir, mandó le arrojaran en una cloaca; pero fue baldío el intento, porque el santo cuerpo quedó pendiente de un garfio, y el mismo San Sebastián se apareció aquella noche a una señora de mucha virtud, llamada Lucina ó Licinia, a la mandó sacase su cuerpo y le enterrase en el cementerio subterráneo, llamado las catacumbas, al pie de los sagrados cuerpos de los apóstoles San Pedro y San Pablo.
Hoy se eleva sobre su tumba una de las siete basílicas de Roma, y sobre la cloaca donde quedó abandonado su santo cuerpo  existe la hermosísima iglesia de San Andrés del Valle, notable, entre otras cosas, por sus bellísimas pinturas. En una capilla lateral se conservan sus restos en una urna. Parte de ellos están en Francia en la basílica de Nuestra Señora de Soissons y Nuestra Señora de Moret, diócesis de Meaux.
Fue San Sebastián uno de los más ilustres mártires que tuvo Roma en el siglo III, después de nuestro español San Lorenzo. Conocida es la obra titulada Fabiola del cardenal Wiseman,  donde es celebrado el valor y triunfo de San Sebastián.
Es invocado como abogado contra la peste, por la experiencia que se ha tenido de su favor para con Dios contra esta calamidad. Así lo experimentaron, Roma en el año 680, Milán en 1,575 y Lisboa en 1,599. También es cosa muy antigua que la Iglesia romana invoque la protección del Señor contra los enemigos de la fe por medio de San Jorge, San Mauricio y San Sebastián.
El inicio de la devoción San Sebastián en Huelva capital, se pierde en la nebulosa del tiempo y no es hasta el 23 de Junio de 1,516, por una Bula dada en Roma por el Papa León X, cuando se tienen las primeras noticias de su patronazgo en la que, entre otras cosas, manifiesta:  "... para que los canónigos de Sevilla, Juan de Herrera y Luis Fernández de Soria, den posesión a Diego Andrés, clérigo de Calahorra, escritor y familiar del Papa, de la provisión de las vacantes de la Ermita de Santa María de la Cinta y otras, Santa María del Viso, Santa Cruz y San Sebastián, Santa María de Saltés de fuera y de la Misericordia, todas de Huelva...".
       Al igual que ocurre con Nuestra  Señora de la Cinta que no fue oficialmente Patrona de Huelva hasta el 11 de Marzo de 1,964, por Bula emitida por el Papa Pablo VI, a pesar de ser su devoción y veneración muy intensa en la ciudad desde el instante de la curación de Juan Antonio el zapatero, con San Sebastián ocurrió tres cuartos de lo mismo, pues no es hasta el 28 de Abril de 1,738, cuando el Cabildo toma la decisión de nombrarle oficialmente Patrón de Huelva, a pesar de las numerosísimas mandas testamentarias de dineros onubenses en las que ordenaban se celebrasen misas, para amparo de sus almas en la Gloria.
       En la manda testamentaria de Isabel de Alvornós, es cuando por primera vez se tienen noticias escritas de la existencia de la Cofradía de San Sebastián, pues entre otras, dice: "... declaro que soy hermana de la cofradía de Nuestra Señora de la Cinta y de la Sangre y del Espíritu Santo y de San Sebastián....". En la actualidad es la Hermandad de los Estudiantes la encarnada de organizar su procesión y culto al tener en su título el nombre del Patrón.
     La primitiva imagen de San Sebastián en Huelva, de la que se tengan noticias fidedignas, se halla en la Parroquia Mayor de San Pedro, siendo de génesis desconocida y no procesionando desde 1,940 aunque si permanece al culto en la citada Parroquia, siendo la diadema y las flechas que porta, realizadas en plata en el siglo XVII y su donante Sebastián Peña, el cual, según consta en sus mandas testamentamentarias de 26 de Abril de 1,659, conminaba fueran  construidas para la procesión del Santo. Curiosamente, al igual que la Virgen Chiquita, (0.57 centímetrtos) también es de pequeño tamaño aunque un poco mayor que ella al medir 1.04 metros de altura.
     La actual imagen es de Enrique Pérez Comendador, la cual llegó a la ciudad de Huelva el 19 de Enero de 1,941 para ser ubicada en la Capilla que el Santo poseía en el antiguo depósito de cadáveres del ya también desaperecido cementerio de San Sebastián, no siendo hasta el 19 de Enero de 1,959, fecha de la bendición de la Parroquia de su nombre, cuando tomó posesión del altar donde se le rinde culto y devoción.
       El 23 de Enero de 2,011, fue consagrada la nueva Capilla oratorio en cuyo altar se venera una reliquia del Santo, procedente de los restos del mismo que reposan en la Capilla de San Sebastián de la Orden Militar de igual nombre en Lisboa, sita bajo la rampa de la Parroquia que también fue inaugurada en la citada fecha y cuya salida procesional, al siguiente domingo,  fue impedida por la lluvia, llegando la imagen del Santo únicamente hasta ella para retornar inmediatamente al templo.